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Cuba's President Raul Castro gestures as he arrives for the ceremony marking the 64th anniversary of the July 26, 1953 rebel assault which former Cuban leader Fidel Castro led on the Moncada army barracks, Pinar del Rio, Cuba, July 26, 2017. REUTERS/Alejandro Ernesto/Pool - RC1B0DB5D0D0
Order from Chaos

¿Cuál será el legado de Raúl Castro?

Richard E. Feinberg

De muchas maneras, la administración de Raúl Castro, alargada durante diez años y que terminará en febrero de 2018, ha sido altamente decepcionante: el proceso de reformas a la economía cubana -y la economía, como sistema- se ha estancado; el poder político se mantiene altamente centralizado y aislado; los jóvenes cubanos con altos niveles de educación están emigrando en masa, en busca de mejores oportunidades en el exterior; y, además, la administración de Trump está renovando la hostilidad norteamericana.

No obstante, durante la última década, Raúl Castro ha promovido cambios históricos en las políticas exterior y doméstica, iniciando algunas políticas innovadoras, profundizado y consolidado otras, y también actuando como simple espectador mientras que fuerzas más allá de su control han propiciado otros cambios. Independientemente, estos cambios han pavimentado el camino para que la futura generación de líderes, si se atreve, continúe empujando a Cuba hacia adelante en el siglo XXI.

Más amigos

El hermano más joven de Fidel, ahora con 86 años, puede estar especialmente complacido con sus logros en política exterior. Cuba ha sido una colonia española, ha estado dominada por el capital norteamericano, y ha constituido una pieza en el sistema del Consejo de Ayuda Mutua Económica (CAME), dominado por la Unión Soviética. En este momento, por primera vez en sus 500 años de historia, Cuba se ha zafado de la dependencia a una sola potencia mundial.

Actualmente, los negociadores cubanos circunnavegan el mundo, conectando con diversas economías, tanto centralizadas como de libre mercado. Los diez principales socios comerciales en 2016 fueron, por orden: China, Venezuela, España, Canadá, Brasil, México, Italia, Argentina, Alemania y Vietnam. El siguiente grupo de socios comerciales (entre 275 y 100 millones de dólares) incluye a Estados Unidos, Francia, Argelia, Holanda, Rusia y Trinidad y Tobago. Ninguno de estos países contabiliza individualmente por más del veinte por ciento del total del comercio de mercancías.

Esta diversificación comercial comenzó en los años noventa tras el colapso de la Unión Soviética, pero el equipo de economistas de Raúl la extendió y consolidó. Durante su gobierno, Cuba también ha expandido el número de países que compran su mayor servicio de exportación: la asistencia de sus profesionales altamente educados, especialmente en el campo de la salud. Mientras Fidel inició la exportación de este servicio a gran escala hacia Venezuela, Raúl la extendió a Brasil y a otra docena de países en desarrollo.

En los últimos diez años, Cuba también ha diversificado sus fuentes de inversión extranjera. Por ejemplo, en el turismo internacional, que es el foco de la economía, los inversores provienen de España, Francia, Canadá, Alemania, Suiza, China y Malasia, entre otras naciones.

La economía de una pequeña isla no puede pretender ser completamente autónoma, por lo que debe adaptarse a restricciones mundiales. Pero al diferenciar a sus socios comerciales, Cuba ha minimizado su vulnerabilidad a mandatos externos y maximizado su propio margen de maniobra.

La diversificación de sus sociedades económicas ha pagado atractivos dividendos diplomáticos: Cuba se ha convertido en un participante en varios foros e iniciativas diplomáticas en América Latina; superado su exclusión de la Cumbre de las Américas; ganado su membresía en el Banco Centroamericano de Integración Económica (BCIE) y obtenido acceso a recursos de la Corporación Andina de Fomento (CAF). Por tanto, el presidente Donald Trump se encuentra solo en sus esfuerzos para dañar la economía cubana mediante sanciones económicas.

Rompiendo barreras ideológicas

El lento y vacilante paso de la reforma económica ha desanimado a muchos cubanos, especialmente a recientes graduados universitarios. Las fuerzas conservadoras que se resisten al cambio mantienen su fuerza dentro del Partido Comunista de Cuba (PCC). No obstante, Raúl deja un legado que puede facilitar enormemente el trabajo de los reformistas en el futuro. En febrero de 2018, en un informe de política para Brookings, este autor va a evaluar las reformas económicas y los caminos a seguir en lo adelante.

El legado de Raúl no descansa en las medidas estándar de desempeño económico, tales como el crecimiento del PIB per cápita, la productividad laboral o las tasas de inversión, donde los resultados han variado desde lo decepcionante hasta lo desastroso.

En su lugar, el legado de Raúl en política económica descansa en la ruptura de pasadas barreras ideológicas que parecían indestructibles. Cierto es que las declaraciones públicas de Raúl han sido a menudo contradictorias y cambiantes, ya que aparentemente busca balancear tendencias conflictivas dentro del PCC. Pero en áreas clave, Raúl ha deshecho, o al menos debilitado, los siguientes obstáculos al cambio: el rechazo a la globalización (una de las obsesiones favoritas de Fidel), el miedo a la inversión extranjera y la hostilidad a los negocios y mercados privados. También ha transformado las relaciones con los Estados Unidos.

En su cotidianidad, los cubanos han cambiado el confort de la uniformidad social y la relativa igualdad económica por los mundos más tumultuosos de la heterogeneidad social y la desigualdad de ingresos.

Raúl no es un entusiasta de la globalización, pero ha dejado de lado las denuncias hechas por su hermano a las corporaciones multilaterales y a los mercados “explotadores”. En su lugar, él se ha centrado en la construcción de relaciones comerciales con una multitud de gobiernos y corporaciones extranjeras. Sin mucha pompa y solemnidad (aunque sí que ha habido ocasionales “cortes de cinta”), Raúl ha avanzado el proceso de normalización de la integración de Cuba a mercados globales.

Su decisión de normalizar las relaciones diplomáticas con el “enemigo histórico”, los Estados Unidos, ha modificado dramáticamente la doctrina de política exterior de su gobierno: la potencia hegemónica al otro lado del estrecho de la Florida dejó de ser una inminente y existencial amenaza que justifica las privaciones económicas y las restricciones políticas. A pesar de la diferente actitud en Washington actualmente, hasta ahora un número de los resultados obtenidos durante la era Obama se mantienen en pie, entre ellos la flexibilización de los viajes (tanto de aerolíneas comerciales como de cruceros) y los generosos influjos de remesas a muchas familias cubanas, tanto para consumo familiar como para la financiación de negocios.

De las reformas que se atribuyen directamente a Raúl, la eliminación del permiso especial (y caro) para viajar al exterior se encuentra entre las más importantes para muchos cubanos. Como resultado, la mayoría de los cubanos pueden salir de la Isla libremente (si cuentan con una visa de entrada emitida por el país al que desean viajar) y enriquecerse a nivel personal gracias al contacto con otras tierras e ideas. Entre otras medidas que han mejorado las vidas de muchos cubanos durante su mandato, pueden contarse el mayor acceso a la tecnología y la rápida expansión de las redes sociales, la autorización para vender casas y carros, y una mayor libertad para hospedarse en hoteles, vedados por mucho tiempo para los ciudadanos cubanos.

De hecho, al construir sociedades comerciales a escala global y al aceptar la libertad para viajar, Cuba ha asimilado algunos componentes esenciales de la globalización.

Apertura a la inversión extranjera

Para evitar un completo colapso económico en los inicios de los años noventa, Fidel propició una limitada inversión extranjera. El Comandante en Jefe realizó estas concesiones aferrándose a su agudo olfato ideológico y cerró otra vez las fronteras de Cuba cuando se sintió políticamente seguro. En las antípodas, Raúl ha criticado públicamente a sus ministros por no acelerar los influjos de capital extranjero, aunque ha dudado en despedirlos.

Periódicamente, el gobierno publica una “Cartera de Oportunidades para la Inversión Extranjera”. Cada edición es más extensa y lustrosa; la versión de 2017-2018 cuenta con 300 páginas e incluye 456 proyectos con un precio conjunto de once billones de dólares. Si bien es cierto que la mayoría de los proyectos han permanecido sin realizar, víctimas de burocratismos y apego excesivo a las reglas, estos documentos son producto de un proceso interinstitucional mediante el cual muchos ministerios y empresas estatales se unen para intentar atraer la atención de la comunidad comercial internacional.

En un documento oficial emitido en 2011 para comunicar las propuestas de reforma, la inversión extranjera fue catalogada como “complementaria”, como una reflexión secundaria. En contraste, cuando se dirigió a los asistentes a la Feria Internacional de La Habana en 2017, el Ministro de Comercio Exterior y la Inversión Extranjera entonó una melodía muy diferente: “Hoy la inversión extranjera ha dejado de ser un complemento y se ha convertido en un asunto esencial para el país”.

Mariel, la nueva zona de desarrollo económico de cara al estrecho de la Florida, ha arrancado de manera lenta, con solo 26 proyectos aprobados por un valor de un billón de dólares, tras tres años de negociaciones. No obstante, quince de estos proyectos han roto otra barrera ideológica: la autorización de un cien por ciento de propiedad extranjera.

Legitimando la propiedad privada

Fidel desconfiaba de la propiedad privada. En 1968, por ejemplo, nacionalizó los pequeños negocios familiares que aun persistían en el país. En contraste, durante la última década el gobierno ha entregado cientos de miles de licencias a negocios privados de pequeña escala. Raúl también ha animado a alrededor de 200,000 familias cubanas a cultivar la tierra en usufructo (aunque no todas han persistido). Además de estos negocios privados autorizados, muchos cubanos han aumentado sus ingresos en “más o menos” toleradas actividades en el mercado gris. En conjunto, tanto como un cuarenta por ciento de la fuerza de trabajo cubana tiene al menos un pie en el sector privado.

Recientemente, Raúl criticó a los negocios privados por actividades ilegales y el gobierno frenó la entrega de nuevas licencias de negocios. No obstante, estas concesiones a los ansiosos incondicionales del Partido Comunista parecen ser solo una pausa temporal. Los fundamentos ideológicos, y la circunscripción pública, para la aceptación y eventual expansión de un sector privado impulsado por el mercado parecen haberse establecido con demasiada profundidad como para aguantar los embates de cualquier contrarrevolución.

Relajación social

El incremento del pluralismo económico ha desencadenado debates públicos sobre la política económica. Las críticas al desempeño gubernamental son expresadas con menos temor, incluso cuando los periodistas y académicos se mantienen cautelosos de confrontar directamente a la autoridad superior.

Otro cambio sustancial que se ha acelerado durante la última década ha sido la evolución de la sociedad cubana desde la uniformidad social hacia una mezcla más heterogénea de relaciones de propiedad, niveles de ingreso y estilos sociales. Mientras los estatutos legales aún esperan por ser escritos, la propiedad puede ahora ser privada (frecuentemente en sociedad con capital proveniente de la diáspora), cooperativa (en diferentes variantes) y extranjera, así como controlada por el estado.

Las desigualdades en los ingresos se han vuelto más visibles, incluso cuando son menos discordantes que en otras naciones de Latinoamérica y el Caribe. Muchos cubanos aun honran la solidaridad social, pero la transición hacia una sociedad más normal, relajada e individualista es inconfundible. En las calles de La Habana, la juventud cubana –cada vez más expuesta a los turistas internacionales, a oportunidades de viaje y al Internet- muestra la misma variedad de peinados, tatuajes, gustos musicales y otras características de la juventud global.

Estas adaptaciones ideológicas no garantizan cambios bruscos de política y mucho menos su implementación. El gobierno cubano está lidiando con una severa crisis de cambio de divisas y el repentino e inesperado enfriamiento de las relaciones bilaterales impuesto por Estados Unidos. Todas estas son razones para que la próxima generación de líderes cubanos construya sobre la diversidad de asociaciones económicas internacionales y las nuevas corrientes ideológicas desencadenadas durante el mandato del segundo, y último, de los hermanos Castro; pero también para que lancen a su estado insular hacia fases más profundas de integración global y transformación económica.            

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