Informe

Extender la mano: La nueva economía de Cuba y la respuesta internacional

Richard E. Feinberg

Introducción

Cinco décadas después de que el “Movimiento 26 de julio” de Fidel Castro entrara victorioso a La Habana el día de Año Nuevo de 1959, los Estados Unidos y Cuba separados por menos de 100 millas de aguas agitadas, siguen siendo vecinos profundamente recelosos y enredados en una telaraña de hostilidades. En el campo de la política estadounidense los acalorados debates sobre cómo responder mejor a la Revolución cubana, ya sea con leyes del Congreso o decretos del Poder Ejecutivo, implícitamente dan por sentado que sólo son dos los rivales: Washington y La Habana. Con todo, esta presunción nos lleva muy lejos de la realidad de la Cuba actual.

Desde que su modelo original, la Unión Soviética, colapsara, una Cuba reticente ha diversificado de manera drástica sus relaciones económicas internacionales. En un principio, Cuba acudió a Europa, Canadá y a una variedad cada vez más amplia de estados amigos de Latinoamérica. Durante la última década, Cuba buscó forjar sociedades económicas con las principales economías de mercado emergentes, en particular China, Brasil y Venezuela. Las compañías españolas administran muchas de las cadenas hoteleras en expansión en Cuba que anualmente reciben a 2,5 millones de turistas de todo el mundo. Una empresa canadiense es dueña en conjunto de las operaciones de minería que consisten en enviar el níquel tan cotizado a Canadá y China. En unos pocos años, China estará lista para gastar miles de millones de dólares en la construcción de un impresionante complejo petroquímico en Cienfuegos. Una empresa brasileña modernizará el Puerto de Mariel para que pueda albergar a los buques contenedores de gran porte que transiten el Canal de Panamá recientemente ensanchado. Las petroleras de diez o más países se alinearon para explorar las aguas profundas cubanas del Golfo de México en busca de petróleo.

A pesar de estos progresos, la economía cubana sigue estancada, como se describe en la Sección 1, La principal restricción que retrasa a la economía cubana no son las sanciones impuestas por los Estados Unidos (aunque son realmente duras). En realidad, es el propio modelo económico desactualizado de planificación centralizada que Cuba heredó de la Unión Soviética. Los numerosos socios comerciales de Cuba quisieran invertir más en el país y preferirían importar más de la isla para corregir los desequilibrios de su balanza comercial bilateral, pero se frustran ante la escasez de ofertas económicas de Cuba.

La Sección 2 de este documento de políticas relata la historia de cómo Cuba recurrió a las dinámicas economías de mercado emergentes, tal como se ve desde la perspectiva de Cuba y desde la mirada de sus socios de China, Brasil, Venezuela y México, y examina sus motivaciones, ansiedades y frustraciones. ¿Cómo encaja Cuba en sus estrategias económicas y geopolíticas internacionales, y cuáles son los motores políticos internos que impulsan su relación de amistad con La Habana? También se exploran los intereses de Canadá, ya que Ottawa ha marcado muy bien la diferencia entre su política con respecto a Cuba y la de su estrecho aliado norteamericano.

Mientras las sanciones integrales de los EE.UU. tienden a atentar contra la economía cubana, los países europeos han estado enviando asistencia para el desarrollo, aunque en grado modesto. La ayuda europea apunta sus recursos a fortalecer a las municipalidades, agricultores privados y cooperativas, con el fin de afianzar las fuerzas sociales menos dominadas por la poderosa burocracia habanera. La Sección 3 describe estos programas de cooperación europea y canadiense, así como las creativas iniciativas de la organización no gubernamental Oxfam y, señalando tanto los escollos como las oportunidades, deja algunas enseñanzas para los futuros programas internacionales para el desarrollo que se desplieguen en el difícil contexto cubano.

Ciento ochenta y siete naciones son miembros del Fondo Monetario Internacional (FMI) y del Banco Mundial lo que, virtualmente, equivale a la membrecía universal de las Naciones Unidas. La ausencia de Cuba de estas importantes instituciones financieras internacionales (IFI) sobresale como una grave anomalía. Como lo demuestra la Sección 4 de este documento, las autoridades cubanas ya no se oponen a ser parte de las IFI. Como instituciones que se enorgullecen de su universalidad, las IFI deben asistir a Cuba en su lucha, aunque gradual y vacilante, por cambiar sus estructuras económicas. Con su vasta experiencia en países que quieren mejorar la eficiencia y competitividad de sus economías, y transitar formas de tomar decisiones más descentralizadas, las IFI hoy son socias naturales de Cuba.

El presente documento recomienda actuar paso a paso, comenzando con simples medidas que contribuyan a generar confianza para achicar la brecha entre las IFI y Cuba. Además, se refiere a las restricciones legales y políticas por parte de la política de los EE.UU., incluso los mandatos parlamentarios, y sugiere estrategias prácticas para superarlas. Los vacíos de información se corrigen en el debate público; en realidad, existen mecanismos viables para el acercamiento gradual.

Muchos cubanos siguen viendo al FMI y al Banco Mundial con un dejo de sospecha, y los consideran agentes del “imperialismo capitalista”. Sin embargo, las IFI han hecho una exitosa tarea promocionando la mitigación de la pobreza y el crecimiento económico de dos de los mejores aliados de Cuba: Vietnam y Nicaragua. Para compartir las ansiedades de Cuba, la Sección 5 explora los nuevos términos de participación en las IFI, pensados para ser más sensibles a las instituciones nacionales y las prioridades políticas de los países prestatarios. Hoy en día, las IFI son socios exitosos de muchos países cuyos objetivos definidos son el crecimiento con equidad, la eficiencia con dignidad, los mismos objetivos que abrazaron las autoridades cubanas.

El presente estudio (Sección 1) se inicia con la discusión de los logros y defectos de la debilitada economía cubana: La paradoja de la revolución cubana es que si bien dotó a sus ciudadanos de abundante capital humano, desafortunadamente los dejó sin las herramientas y los incentivos para que aprovecharan al máximo los talentos que adquirieron. La economía cubana se caracteriza por su producción industrial y agrícola en constante decadencia, los ahorros y las tasas de interés insuficientes, la pobreza de sus exportaciones y los déficits crónicos en el comercio de mercancías, y las reiteradas suspensiones en el pago de sus deudas externas. La escasez de las necesidades del consumidor, la superpoblación por vivienda y la uniformidad en la calidad de los servicios hacen de la vida cotidiana un verdadero desafío para el cubano, y los ambiciosos jóvenes cubanos se sienten frustrados por la falta de buenas oportunidades de conseguir un empleo productivo y bien remunerado.

El gobierno cubano admite estas deficiencias y en mayo de 2011 promulgó las “pautas” para la reforma con 311 iniciativas destinadas a enmendar estos y otros defectos estructurales. Las pautas están plagadas de contradicciones internas y siguen rindiendo culto a la planificación centralizada, pero las fracciones pro reforma fueron lo suficientemente fuertes para incluir un lenguaje que transformaría la cultura política y la ética social cubana si se lo interpretara y se actuara en consecuencia. Tal como sugiere este estudio, en nuestro mundo interdependiente, los agentes externos, como las agencias nacionales de cooperación económica y las IFI, pueden transmitir con total legitimidad ideas y recursos que otorguen más autoridad a los reformadores en sus luchas internas contra las fuerzas arraigadas de la inercia y la resistencia. Sin perjuicio de su liderazgo centralizado, Cuba, al igual que los Estados Unidos, es apenas un actor unitario.

Este aporte político busca insertar el debate en un marco diferente, separarlo de la estrecha óptica bilateral EE.UU.- Cuba, para apreciar en cambio las oportunidades que ofrecen los impulsos reformistas de Cuba, para entender la amplitud de las relaciones económicas internacionales de Cuba, examinar con más profundidad los programas de cooperación económica de nuestros aliados en la isla, y volver a considerar los intereses estadounidenses en permitir que las instituciones financieras internacionales lleven a cabo su misión de promover el progreso económico en la isla. La Sección 6 resume las principales conclusiones y recomendaciones políticas para la comunidad internacional para el desarrollo, las IFI y los gobiernos de Cuba y los EE.UU.

Este documento surge de la idea tradicional de que es en beneficio de los Estados Unidos y de la comunidad internacional para el desarrollo dentro de la cual los Estados Unidos jugó un rol de liderazgo por largo tiempo, para promover reformas económicas progresivas, aunque graduales y parciales, en países que se abren al comercio internacional y a la inversión, y que buscan mejorar los mecanismos de mercado e incentivar al sector privado local. Mientras no exista una relación lineal automática entre reforma económica orientada al mercado y liberalización política, la teoría política y la historia reciente sugieren que una tendencia viene a reforzar a la otra, especialmente en el hemisferio occidental y a largo plazo. Además, en ausencia del apalancamiento directo sobre las instituciones políticas de una nación, promover una reforma económica puede resultar la opción más realista para avanzar en el pluralismo político. Actualmente en Cuba, la oportunidad está en la política económica, legitimizada por el régimen y debatida abierta y profundamente por el pueblo cubano; mientras el poderoso aparato de seguridad del gobierno mantiene su estricto control sobre la actividad política e insiste en la hegemonía del Partido Comunista Cubano.

En los Estados Unidos hay quienes dieron su amplio apoyo a las duras sanciones tendientes a privar al régimen cubano de recursos y, por tanto, precipitar una ruptura política. Con todo, dentro de la burocracia de la seguridad nacional del Poder Ejecutivo estadounidense, y sin perjuicio de la retórica presidencial ocasional, es marcada la preferencia por la evolución gradual y pacífica en Cuba. Se teme que una ruptura repentina traería aparejados riesgos sustanciales para los intereses estadounidenses, lo que incluiría una crisis inmigratoria en nuestras mismas costas y, en el peor de los casos, las presiones insoportables para intervenir y sofocar una sangrienta guerra civil y detener el éxodo masivo de refugiados.

Además, los esfuerzos prolongados por debilitar una economía van en contra de la política de ayuda al exterior adoptada por los Estados Unidos desde hace tanto tiempo, y de nuestro humanitarismo fundamental que favorece la atención de las necesidades básicas de las mayorías pobres de los países en desarrollo. Las excepciones a las sanciones contra Cuba que se fueron trazando a través de los años, como permitir la venta de ciertos alimentos y medicinas, y más recientemente, la liberación de los viajes y las remesas familiares a Cuba hacen referencia a estas tradiciones estadounidenses.

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