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Editorial

Obama en la Cumbre de las Américas

El presidente Obama debería estar contento. En la Cumbre de las Américas se enfrentó a una audiencia escéptica y los encandiló. Habló con comedimiento y, como sabe cualquiera que haya asistido a ese tipo de acontecimientos, lo que importa es el tono, mucho más que la sustancia. Obama fue elocuente, accesible y modesto pero a la vez firme, sin mostrar signos perceptibles de ese sobrenombre de “Americano feo” que claramente distinguía a su predecesor. A pesar de la diatriba de Daniel Ortega, cuando el presidente está en plena forma, como en Trinidad, es difícil oponerse a él.

Los resultados concretos de la Cumbre fueron como mucho escasos. Por otro lado, nunca se trató de los resultados. Para América Latina se trataba de evaluar a Obama. El mensajero era el mensaje. El Presidente entendió claramente que la modestia iría muy lejos en una región que combina una confianza creciente en sí misma con un profundo resentimiento histórico hacia Estados Unidos. Esta última actitud se debe en gran medida al constante entrometimiento de Estados Unidos en la política de la región durante el siglo XX, pero también a un creciente complejo de inferioridad por parte de latinoamerica arraigado en la comparación, poco halagadora, entre el espectacular éxito histórico de Estados Unidos y el irregular recorrido de América Latina hacia el desarrollo. Cada vez más autónomos de su poderoso vecino, que hoy en día tiene la mirada y la mente puestas en otro sitio, los países latinoamericanos no esperaban que Obama se presentara en la Cumbre con nada concreto, y menos con dinero. Al igual que la joven Aretha Franklin, todo lo que querían era respeto. Y lo consiguieron.

Por supuesto, el compromiso de Estados Unidos de asignar 100 millones de dólares a un fondo para apoyar a los pequeños empresarios del continente es una medida interesante. Como mínimo reafirma otro de los mensajes fundamentales que transmitió Obama: que la pobreza, la desigualdad y la falta de oportunidades para los jóvenes son problemas muy importantes para América Latina. Obama insinuó claramente que es consciente de que la prosperidad en el continente necesita algo más que libre comercio e inversiones exteriores, por muy cruciales que sean estos dos factores. También requiere apoyo para unas políticas sociales más firmes, un área en la que la mayoría de gobiernos latinoamericanos han avanzado muchísimo durante la última década, tanto de forma moderada como radical. Saber que el Presidente de Estados Unidos comprende las cuestiones realmente fundamentales en América Latina, y que demuestra una visión mas matizada del progreso, es un alivio para la región.

A pesar de la escasez de resultados inmediatos, este cambio de tono llevará con el tiempo a unos cambios concretos en la relación entre Estados Unidos y la región. Ya está desencadenando movimientos diplomáticos inesperados. Hugo Chávez ya ha anunciado que su gobierno va a nombrar un nuevo embajador de Estados Unidos. Esto es un símbolo de cortesía para alguien a quien le encantan los conflictos.
También está Cuba. En este caso, la pelota está claramente en territorio cubano, incluso mucho antes de la Cumbre. Tomando como base los bastante modestos anuncios hechos por el presidente Obama antes de la Cumbre, recibidos con poco entusiasmo en América Latina, los diplomáticos estadounidenses hicieron un excelente trabajo poniendo a los cubanos en primer plano. A pesar de la dureza retórica de los últimos días, los más razonables del continente esperan que estos respondan con algo tangible, aunque se trate de un pequeño paso. Será interesante ver, por ejemplo, si los cubanos permiten a Estados Unidos invertir en telecomunicaciones en la isla, ya que para hacerlo necesitan, por supuesto, licencias y permisos expedidos por el gobierno cubano. Gestos de ese tipo llevarían a una dinámica de quid pro quo que podría promover medidas más importantes, probablemente con gran rapidez.

¿Uno de los primeros pasos no debería ser la readmisión de Cuba en la Organización de los Estados Americanos (OEA)? una idea que se escuchó en repetidas ocasiones durante la Cumbre. No, y Estados Unidos hizo bien en recibirla con el más absoluto silencio. En este punto, Estados Unidos tiene razón al establecer un límite y actuar de un modo conservador. La OEA es una comunidad de democracias definida por, entre otras cosas, la Carta Democrática Interamericana, un documento aprobado un día significativo para la libertad y la democracia: el 11 de septiembre del 2001. Además, el mayor logro de América Latina durante la última generación ha sido dejar atrás una larga noche de autoritarismo. Ninguna otra región del mundo en vías de desarrollo puede decir lo mismo. Como ha constatado convincentemente Ted Piccone, experto de Brookings, sería una lástima regalar ese legado a cambio de nada. Aunque sería positivo ofrecer a Cuba la posibilidad de acercarse en algún momento al Sistema Interamericano, concederle una pertenencia sin condiciones previas sería enviar una pésima señal, no sólo para Cuba sino para otros países de la región que están al borde del autoritarismo, como Venezuela y Nicaragua. Cuba no merece ser castigada con un embargo por parte de Estados Unidos por ser lo que es, pero tampoco deberían recompensarla con la pertenencia a un club de naciones que defiende unos valores negados diariamente en la isla. El silencio de Obama en este punto también fue acertado.

Tomado todo esto en cuenta, la Cumbre fue un éxito para el presidente Obama y para Estados Unidos. A pesar del habitual coro de voces conservadoras estadounidenses que ven debilidad en cualquier signo de humildad, el comportamiento de Obama en la Cumbre hace mucho más por proteger los intereses americanos y la seguridad en el continente que la arrogancia y los aires de superioridad. Hoy en día, ninguna nación de América Latina representa una amenaza estratégica importante para la seguridad de Estados Unidos que deba ser afrontada o contenida. Sin excepciones, los retos que definirán el futuro de las relaciones en el continente ―desde la seguridad energética o el cambio climático, hasta la inmigración o el crimen organizado― harán necesaria una respuesta colectiva. Existen tareas comunes que se deben resolverse a través del diálogo y la cooperación en todo el continente. Como dice el refrán, “lo cortés no quita lo valiente”. En el hemisferio occidental un poco de modestia, cortesía y respeto también pueden ser una estupenda política exterior.

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