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Cranes and containers are seen in the distance during a workers' strike at Latin America's biggest container port in Santos, Sao Paulo state, Brazil, September 14, 2016. Picture taken September 14, 2016. REUTERS/Fernando Donasci - RTSOHR7
Up Front

Cómo el comercio, la inversión y la cooperación entre Japón y América Latina y el Caribe pueden inspirar nuestra futura relación comercial con Asia

Antoni Estevadeordal
Nota del Editor:

Este post fue publicado originalmente en el blog “Más Allá de las Fronteras” del Sector de Integración y Comercio del BID.

Desde la perspectiva del comercio de América Latina y el Caribe (ALC), la primera década del siglo xxi giró en torno de Asia. Impulsado por el fuerte crecimiento de China y la escalada de su demanda de recursos naturales, el comercio entre América Latina y Asia creció a una tasa media anual del 24% entre 2003 y 2011. Sin embargo, esta relación, que alguna vez fue dinámica, se encuentra ahora ante grandes dificultades. El comercio se desaceleró bruscamente después de 2012 y cayó en total un 7% el año pasado, en medio de una desaceleración del crecimiento mundial y una caída de los precios de los productos básicos.

El escenario actual enfrenta a la región con un desafío y una oportunidad. Sin duda, los gobiernos tienen que ser proactivos para poder darle ímpetu a las relaciones económicas con Asia. Al hacerlo, también tienen la oportunidad de abordar algunas de las tensiones y los desequilibrios que surgieron durante el auge comercial inicial, que se caracterizó por un patrón de comercio preponderantemente signado por el intercambio de productos básicos por manufacturas. Al reflexionar sobre el futuro de los lazos entre ALC y Asia, resulta útil mirar hacia atrás y ver la evolución de las relaciones económicas de la región con una potencia asiática a menudo desatendida: Japón.

Una nueva publicación del Sector de Integración y Comercio (INT) del BID, “Un ciclo virtuoso de integración: pasado, presente y futuro de las relaciones entre Japón y América Latina y el Caribe” (enlace en inglés) analiza precisamente esto. El informe, que será presentado en el Foro Empresarial Japón-América Latina y el Caribe 2016, destaca varios aprendizajes que la región puede recoger de su experiencia con Japón con vistas a avanzar en su relación con Asia.

Por un lado, Japón tiene una larga historia de participación en la región, algo que pone de relieve el hecho de que este año se cumpla el 40 aniversario de su membresía del BID. A partir de la década de 1960, el comercio entre Japón y América Latina y el Caribe inició un período de auge sostenido, impulsado por la demanda japonesa de recursos naturales y la competitividad de sus productos manufacturados en los mercados de ALC. Durante medio siglo, el comercio siguió este patrón típico de intercambio de productos básicos por manufacturas, con las exportaciones de ALC concentradas en un puñado de productos agrícolas y minerales.

Si bien muchos observadores se han preocupado precisamente por esta característica del comercio de la región con China, la historia entre Japón y ALC muestra que el intercambio de productos básicos por manufacturas no necesariamente tiene que ser motivo de desesperación. Como se explica detalladamente en el informe, el auge comercial inicial estuvo seguido por importantes flujos de inversión extranjera directa (IED) de empresas japonesas en ALC. Aunque inicialmente se centraron en los recursos naturales, posteriormente dicha IED se diversificó hacia los sectores manufacturero y de servicios, especialmente a partir de la década de 1990. En consecuencia, para el año 2015 las inversiones japonesas en la región estaban bien equilibradas entre los sectores primario (22%), industrial (40%) y de servicios (35%). Por otra parte, el ritmo de las inversiones japonesas se ha mantenido fuerte, incluso en medio de un entorno económico difícil: los flujos de IED que ingresaron a la región desde 2010 totalizaron US$ 45 mil millones.

La presencia de empresas japonesas de primer nivel mundial en sectores que van desde los automóviles hasta la tecnología de la información y la energía limpia le aporta a la región tecnología de vanguardia, experiencia en gestión empresarial y puestos de trabajo altamente calificados. Asimismo, estimula a los sectores manufactureros de ALC de un modo que no puede ser capturado por las estadísticas de comercio bilateral. En primer lugar, muchos fabricantes japoneses utilizan sus inversiones en ALC para vender a terceros mercados, lo cual implica un aumento directo de las exportaciones de la región. Además, la presencia de importantes productores japoneses en las economías más grandes de ALC ha creado nuevas oportunidades para que los países vecinos les vendan insumos, estimulando así las cadenas regionales de producción nacientes. Por último, las inversiones japonesas en ALC probablemente estén vinculadas a otra característica del comercio bilateral: la creciente proporción de bienes intermedios en las importaciones latinoamericanas de manufacturas procedentes de Japón. Estos productos sirven como insumos clave para los procesos de producción establecidos en ALC y potencialmente pueden, por ende, mejorar la competitividad de los productores nacionales.

Por todas estas razones, la distribución de los beneficios entre los sectores es mucho más compleja de lo que parece a simple vista. Las interrelaciones entre los flujos de comercio e inversión—y su evolución a lo largo del tiempo— han abierto nuevas oportunidades para la región, muchas veces inesperadas. Un buen ejemplo de esto —que se destaca en el informe— son los productores japoneses de autopartes que recientemente han invertido en países como Paraguay y Nicaragua con el fin de abastecer a los fabricantes japoneses de automóviles instalados en Brasil y México, respectivamente.

No obstante, estas oportunidades no siempre surgieron de forma espontánea. La cooperación entre los gobiernos ha sido un factor clave para motorizar la relación y ayudar al sector privado a descubrir nuevas oportunidades. Si bien existen innumerables ejemplos de dichas iniciativas, hay varias que se destacan. Ciertos organismos públicos japoneses y mexicanos han cooperado ampliamente para ayudar a las empresas mexicanas a convertirse en proveedores de los fabricantes de automóviles japoneses, por medio del desarrollo de una base de datos de proveedores locales y contribuyendo a la creación de capacidades para ayudar a las pymes a mejorar su productividad y sus prácticas de gestión. Además, la Agencia de Cooperación Internacional del Japón (JICA) ha ayudado a sus contrapartes de ALC a generar historias de éxito exportador que ya son icónicas, como las granjas de salmón de Chile y la producción de soja en la región del Cerrado de Brasil, sobre la base del aprovechamiento de las innovaciones tecnológicas para aumentar la productividad y agregar valor a los sectores de recursos naturales. A pesar de estas historias de éxito, los gobiernos de ambas partes podrían hacer mucho más para estimular el comercio si abordaran las numerosas barreras arancelarias y no arancelarias que aún lo desincentivan, particularmente en áreas como los alimentos procesados y los productos de origen animal, en los que América Latina tiene un potencial de exportación considerable.

Estos últimos ejemplos ponen de relieve una última lección que puede extraerse de la experiencia entre Japón y ALC. El fuerte interés de las economías asiáticas en los sectores de recursos naturales de la región no tiene por qué despertar sospechas. En el caso de Japón, los inversores que se dedicaron a los sectores minero y energético en ALC han contribuido al desarrollo de la infraestructura que los rodea y ayudaron a mejorar la eficiencia energética de sus operaciones, muchas veces con el apoyo de organismos gubernamentales japoneses. Dado que los sectores relacionados con los recursos naturales ofrecen cada vez más oportunidades para innovar y agregar valor, las empresas y los gobiernos asiáticos pueden ayudar a la región a desbloquear nuevas ventajas comparativas y aprovechar al máximo sus abundantes recursos naturales.

Cuando ALC analiza su futura relación con Asia, vale la pena que tenga en cuenta estas lecciones extraídas de su experiencia con Japón. En primer lugar, los vínculos entre el comercio, las inversiones y la cooperación han diversificado la relación económica y han producido ganancias inesperadas. En segundo lugar, esta diversificación ha tenido lugar incluso en el marco de un comercio bilateral que, en general, sigue estando caracterizando por un patrón de intercambio de productos básicos por productos manufacturados. En lugar de preocuparse por este patrón, ALC debería centrarse en las crecientes oportunidades para agregar valor a sus exportaciones de recursos naturales. Por último, se necesitan acciones de gobierno proactivas y estratégicas para que ALC pueda sacar el mayor provecho posible de su integración económica con Asia. Esto es especialmente relevante ahora que las ganancias fáciles del auge de los productos básicos ya constituyen un fenómeno del pasado.

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