Editorial

CAFTA: A pesar de los pesares

Hace un tiempo publiqué un artículo en la revista Yale Global, que por expresar puntos de vista críticos sobre el libre comercio generó aquí reacciones curiosas, incluso en estas páginas. Como algunas de ellas revelan serios equívocos no está de más escribir otra cuartilla.

En mi artículo señalo claramente que el libre comercio es un objetivo deseable para los países en vías de desarrollo. La evidencia sustenta ampliamente los efectos beneficiosos de la apertura comercial y aún mejor los terribles efectos del proteccionismo, como lo demostró la experiencia de la Gran Depresión, que haríamos bien en revisar ahora que la economía mundial pende de un hilo.

Otra cosa es cómo se conduce la discusión de la liberalización comercial en la práctica. Sobre esto sí siento desilusión –la misma que tienen desde la OMC hasta OXFAM— de ver cómo lo que podría ser un proceso beneficioso para todo el mundo, termina por distorsionarse en los hechos. Al decir que hay hipocresía en el discurso de los países desarrollados, que la asociación de la apertura comercial con la venta de empresas estatales es desafortunada, que el debate democrático sobre el libre comercio ha sido escaso en todas partes y que el libre comercio tiene efectos negativos sobre la desigualdad, estoy diciendo cosas obvias, que yo, al menos, sé desde hace tiempo.

Pero hay que tener cuidado con saltar a la conclusión de que, por todo ello, era mejor rechazar el TLC con EEUU. Quien así argumenta sufre de una enorme pereza mental.

Veamos cada argumento del artículo:

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a) La duplicidad de los países desarrollados ha impedido el éxito de la Ronda de Doha, donde los países en vías de desarrollo pueden defender sus intereses con mayor probabilidad de éxito. Yo deploro esa duplicidad, pero no estoy dispuesto a renunciar a la posibilidad de continuar el proceso de apertura comercial –esencial para Costa Rica—por medio de acuerdos bilaterales o regionales, por más que sean menos deseables. El costo que impone la hipocresía de algunos países sigue siendo menor que el de dar la espalda a la globalización.

b) Entiendo por qué en el debate público la privatización ha terminado en el mismo saco que la apertura comercial pero igual lo lamento, pues se trata de procesos distintos. Uruguay y Costa Rica han abierto sus economías al comercio, pero no han privatizado. Brasil ha privatizado casi todo, pero sigue siendo una economía relativamente cerrada. Muchos procesos de privatización en América Latina fueron un desastre pero eso me dice poco sobre los méritos de la apertura comercial. En todo caso, el TLC no ha privatizado al ICE o al INS y es dudoso que ese vaya a ser el resultado final. No pasó con la apertura de las telecomunicaciones en Uruguay o los países nórdicos y de nosotros depende que no pase en Costa Rica.

c) La afirmación de que el libre comercio no ha ido acompañado de un debate democrático no se aplica a Costa Rica y al TLC, como yo lo advierto en el artículo. Para algunos un debate de casi 5 años y un referéndum no son prueba de apertura democrática, pero sospecho que quienes así opinan no tienen un problema con el procedimiento sino con su resultado.

d) Si el TLC va a complicar los problemas distributivos en Costa Rica, eso no es razón suficiente para oponerse a él, sino para impulsar la clave para una transformación progresista en Costa Rica: una reforma tributaria digna de ese nombre. Los países nórdicos están entre los más equitativos del mundo y, al mismo tiempo, entre las economías más abiertas.

e) El tema de la propiedad intelectual y el desarrollo va más allá de lo negociado por Costa Rica en el TLC. Las regulaciones globales de protección a la propiedad intelectual son casi tan preocupantes. He ahí un problema que Costa Rica no puede resolver sola. Tratar de resolverlo en el marco del TLC es inútil. Eso requiere una coalición más amplia de países en los foros multilaterales.

Ninguno de estos argumentos conduce a rechazar el TLC. Ello por una razón elemental. Nunca he afirmado que el TLC es una muestra óptima de lo que debe ser un acuerdo de libre comercio. Se trata de un acuerdo con deficiencias, pero cuyo balance general para el país es defendible, no porque sea la clave de nuestro desarrollo, sino porque la opción de quedarse fuera de él era y sigue siendo mucho peor. Siempre tuve claro que estábamos escogiendo entre opciones muy imperfectas, como tantas veces sucede en la política. A pesar de los pesares, volvería a votar a favor del TLC por motivos pragmáticos, sin grandes ilusiones y con conciencia de las limitaciones de lo que estoy escogiendo.

Hay aquí, pues, dos proposiciones no excluyentes: 1) El libre comercio es un objetivo deseable, pero es imprescindible mejorar y democratizar la forma en que se traduce en la práctica. 2) El TLC con EEUU es una muestra bastante imperfecta de acuerdo comercial, pero adoptarlo con sus defectos es mejor que la opción de rechazarlo. Ambas proposiciones son debatibles, pero aceptar la primera no obliga a rechazar la segunda.

No espero que estas razones convenzan a quienes, con los ojos desorbitados, las venas saltadas y el resentimiento social a flor de piel, son incapaces de reconocer una onza de verdad a quien piensa diferente. No es a ellos a quienes me dirijo. Quisiera, más bien, que me leyeran quienes sí están dispuestos a tener una discusión matizada sobre la apertura comercial y sus efectos. Aunque tuvimos un debate nacional antes del referéndum todos sabemos que no fue un debate de calidad, sino una discusión deformada por las medias verdades y las descalificaciones mutuas. Yo fui parte –y parte nada menor—de esa falla colectiva. Ahora lo lamento. Por la salud de nuestra discusión pública quisiera ver a muchos otros –en ambos lados de la barrera—hacer aunque solo fuera un atisbo de este reconocimiento.