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Hacia un Nuevo Acuerdo Transamericano

El régimen de comercio mundial está experimentando cambios radicales. Mientras los países miembros de la Organización Mundial del Comercio (OMC) continúan trabajando para lograr un acuerdo que parece siempre extremadamente difícil de alcanzar, han ido surgiendo iniciativas regionales —sobre todo los megaacuerdos regionales— mediante las cuales los países han concentrado sus esfuerzos para avanzar hacia una agenda comercial que responda a la realidad del comercio del siglo XXI. Estos megaacuerdos regionales tienen el potencial necesario para remodelar el escenario del comercio mundial y generar cambios importantes tanto en la geografía de la integración, como en su alcance y profundidad. Y mientras esta nueva arquitectura se va conformando, el hemisferio occidental carece de una visión coherente que le permita promover su propia integración. Esto debe cambiar si la región quiere aprovechar al máximo sus relaciones comerciales en un contexto mundial desafiante.

Aunque los más escépticos puedan sostener que existen diferencias políticas inextricables que impiden sellar iniciativas que involucren a toda la región, creemos que el surgimiento de nuevos mecanismos para impulsar la integración comercial —que van más allá de los aranceles y otros instrumentos tradicionales para mejorar el acceso a los mercados— ofrece opciones estratégicas adecuadas para emprender acciones tendientes a lograr la integración de las Américas. Abogamos por una iniciativa de integración para toda la región, basada en dos pilares: (1) la promoción de la convergencia de los tratados de libre comercio (TLC) existentes y (2) la implementación de una agenda ambiciosa de facilitación del comercio a nivel hemisférico. Fundamentalmente, estas políticas servirían para abordar dos obstáculos al comercio regional, librándose al mismo tiempo de la necesidad de emprender el arduo camino de iniciar nuevas negociaciones de TLC que comprendan a toda la región. Creemos que esta propuesta propicia una convergencia oportuna entre lo que es políticamente factible y lo que es económicamente necesario para dar lugar a un proceso amplio de integración regional. Ha llegado el momento de dar un salto adelante: lograr un Acuerdo Transamericano (Trans-American Partnership, TPP), una iniciativa que se adapte a los desafíos particulares y a los diversos marcos políticos de la región, y que profundice la integración de las Américas de un modo pragmático pero potente.

I. Las nuevas dinámicas emergentes en el sistema de comercio mundial

Comenzamos este ensayo reconociendo algunos nuevos mecanismos de fomento de la integración comercial a nivel mundial. La red de TLC existentes es relativamente completa y ha desmantelado con éxito las barreras tradicionales, como los altos aranceles y las cuotas de importación. Por lo tanto, todo acuerdo complementario que aborde estas cuestiones tendrá rendimientos decrecientes. Esta es la razón por la cual los países están considerando mecanismos de política alternativos para profundizar la integración económica de un modo más eficiente. Las estrategias empleadas incluyen el abordaje de algunas lagunas importantes en el universo de TLC tradicionales, la ampliación del alcance de dichos acuerdos para incorporar los aspectos regulatorios llamados transfronterizos, la mejora de la eficiencia de la red de TLC existentes a través de la armonización y convergencia de normas superpuestas, y el tratamiento, a través de las iniciativas de facilitación del comercio, de los cuellos de botella operativos que enfrentan las empresas. Repasemos a continuación cada uno de estos nuevos impulsores clave de la integración comercial.

En primer lugar, dado que los principales socios comerciales todavía no cuentan con TLC bilaterales, sigue habiendo importantes “eslabones perdidos” en la arquitectura actual del comercio mundial. Estas brechas se dan entre los países desarrollados (por ejemplo, EEUU, la UE y Japón [1]), entre los principales países en desarrollo (por ejemplo, México, Brasil, China e India), y entre los países desarrollados y en desarrollo (por ejemplo, EEUU y Japón con China). En segundo lugar, debido a la creciente importancia de las cadenas de valor globales y regionales, cada vez más los acuerdos comerciales trascienden las cuestiones relacionadas con el acceso a los mercados para incluir otros temas que van más allá de las fronteras, como las barreras de tipo regulatorio al comercio, los servicios, las inversiones y los derechos de propiedad intelectual, entre otros. Estas dos estrategias requieren negociaciones comerciales formales, que inevitablemente plantean espinosos problemas de economía política.

Sin embargo, este no es necesariamente el caso para otros dos impulsores del comercio mundial: la convergencia de los acuerdos comerciales y las medidas de facilitación del comercio. En primer lugar, la arquitectura actual del comercio, que se ha ido consolidando a lo largo de las dos últimas décadas, ha dado lugar a la superposición de múltiples tratados de libre comercio, cada uno con su propio abanico de normas. Armonizar ciertos elementos de estos acuerdos —especialmente los que se refieren a las normas de origen— reduciría los costos de transacción y aumentaría las fuentes de insumos disponibles para las empresas, lo que a su vez permitiría que los países aprovechen plenamente las ventajas de las reducciones arancelarias y amplificaría el impacto económico de los acuerdos comerciales. Esta es la esencia de la convergencia entre los distintos TLC. En segundo lugar, las medidas de facilitación del comercio que abordan los costos logísticos que enfrentan tanto los exportadores como los importadores se están convirtiendo en aspectos críticos de la política comercial moderna. La facilitación del comercio se relaciona principalmente con la infraestructura “blanda” (las políticas y reglamentaciones), pero también puede extenderse a la infraestructura “dura” (como las carreteras, los puertos y los aeropuertos). Algunos buenos ejemplos de políticas de infraestructura comercial blanda —el tema central de este documento— son la armonización y estandarización de los procedimientos que rigen el paso de las mercancías a través de las aduanas, la implementación y la interoperabilidad de ventanillas únicas para el comercio exterior, la implementación de programas de operador económico autorizado (OEA), y las iniciativas de gestión coordinada de fronteras.
[2] Estos dos últimos impulsores, la convergencia y la facilitación del comercio, tienen mucha menos carga política que las negociaciones comerciales tradicionales y, por lo tanto, son más fáciles de poner en práctica.

Los megaacuerdos comerciales que se están negociando en la actualidad ponen claramente de manifiesto la importancia de estos nuevos impulsores. El Acuerdo de Asociación Transpacífico (TPP) y el de Asociación Transatlántica para el Comercio y la Inversión (TTIP) —así como la Alianza del Pacífico, en América Latina y el Caribe (ALC) y el Acuerdo de Asociación Económica Integral Regional (RCEP), en Asia, que muchas veces se pasan por alto— tienen el potencial suficiente para unir los principales eslabones perdidos que subsisten en los TLC entre Estados Unidos y Japón, y entre Estados Unidos y la Unión Europea, respectivamente. Paralelamente, un número significativo de países miembros del TPP (así como de la Alianza del Pacífico y del RCEP) ya tienen TLC vigentes entre sí. Esto significa que, una vez implementado, el acuerdo promoverá la convergencia mediante la armonización de las normas y concesiones existentes, que fueron negociadas en acuerdos previos. Por último, estas nuevas iniciativas regionales hacen especial hincapié en la mejora de la conectividad a través de una serie de procedimientos de facilitación del comercio, que en muchos casos superan ampliamente lo que se ha logrado hasta ahora a nivel multilateral.

Muchos países latinoamericanos ya están aprovechando esta nueva dinámica de la arquitectura del comercio mundial. La Alianza del Pacífico —una iniciativa subregional reciente que involucra a Chile, Colombia, México y Perú— es un buen ejemplo de cómo promover la convergencia de los TLC existentes. Los cuatro miembros ya tenían TLC vigentes entre sí, por medio de los cuales se otorgaban concesiones arancelarias mutuas que cubrían la mayor parte de los flujos comerciales bilaterales. Sin embargo, la disparidad entre normas de origen limitaba la capacidad de las empresas para procurarse insumos de otros países de la Alianza del Pacífico sin perder el acceso a aranceles preferenciales. Para hacer frente a este problema, el bloque de la Alianza Pacífico negoció un nuevo régimen de normas de origen que permite la acumulación entre todos sus miembros. Actualmente, los esfuerzos se están centrando en las medidas de facilitación del comercio, que incluyen —entre otras— la interoperabilidad de los sistemas nacionales de ventanilla única, y los acuerdos de reconocimiento mutuo de los programas de OEA a fin de racionalizar los procedimientos de exportación e importación. Asimismo, la Alianza del Pacífico y el MERCOSUR han demostrado interés político por explorar distintas formas de promover la integración entre los dos bloques. Si esta estrategia tuviera éxito ayudaría a acercar a los dos gigantes económicos de la región —Brasil y México— y a que dejen atrás algunas disputas comerciales recientes. América Central y el Caribe también están priorizando esfuerzos en sentido similar. Estas y otras iniciativas demuestran que los gobiernos de toda América Latina y el Caribe ya han adoptado políticas pragmáticas para incrementar la conectividad y sacar el mayor provecho posible de sus acuerdos comerciales vigentes. No obstante, aún resta lograr el desarrollo de un marco regional que se base en estos impulsos e iniciativas y los canalice a través de una estrategia coherente de integración transamericana. Una estrategia de este tipo es imprescindible si los países de ALC quieren aprovechar al máximo las oportunidades para la integración que plantea el escenario actual.

II. La arquitectura del comercio en las Américas: Llegó el momento de un nuevo Acuerdo Transamericano [3]

La arquitectura actual del comercio en las Américas es el resultado de varias oleadas de integración regional que empezaron en las décadas de 1960 y 1970 y continuaron con el llamado nuevo regionalismo de los años 1990 y 2000, que generó un complejo entramado de acuerdos comerciales dentro de la región y con socios extrarregionales (ver Gráfico 1 y Cuadro 1). Si bien esta red de TLC ha generado innumerables beneficios para la región, también ha dado lugar a la superposición de acuerdos entre subgrupos de socios comerciales y a coberturas dispares a nivel regional de dichos acuerdos, dos factores que eventualmente obstaculizan el comercio. En consecuencia, la arquitectura del comercio actual se caracteriza por la presencia de dos grupos de países vagamente definidos. Los países del primer grupo promovieron con más entusiasmo el modelo de los TLC de los años noventa y dos mil y, por lo tanto, están estrechamente vinculados entre sí y con el mercado norteamericano a través de una serie de acuerdos superpuestos (de aquí en adelante los llamaremos “países vinculados por TLC”). Estos acuerdos, muchas veces llamados TLC de nueva generación, establecen un alto grado de liberalización y reglamentaciones exhaustivas en aquellos temas que van más allá de las fronteras. El segundo grupo priorizó otros objetivos de integración y, en consecuencia, desarrolló una red no tan densa conformada por acuerdos comerciales más limitados. Para ser más precisos, el primer grupo de países unidos por TLC incluye a los socios del Tratado de Libre Comercio de América del Norte (NAFTA), del Tratado de Libre Comercio entre Estados Unidos, Centroamérica y República Dominicana (CAFTA), y de la Alianza del Pacífico (Estados Unidos, Canadá, México, Guatemala, El Salvador, Honduras, Nicaragua, Costa Rica, Panamá, República Dominicana, Colombia, Perú y Chile). El segundo grupo incluye al resto de los países de las Américas. Sin embargo, algunas de las propuestas incluidas en este documento —en particular, la convergencia de las normas de origen— podrían extenderse a un número mayor de países vinculados por acuerdos comerciales bilaterales más superficiales (aunque esto implicaría algunas cuestiones técnicas y secuenciales más complejas para su implementación). Esta ampliación tendría especial relevancia para los acuerdos entre el MERCOSUR y los países de la Alianza del Pacífico.

Gráfico 1.  La red mundial de TLC

La red mundial de TLC
Fuente: Base de datos INTrade del BID / Plataforma RTA-Exchange.
Notas: Las líneas en negro representan los TLC implementados; las líneas en rojo representan los TLC que se están negociando (con implementación prevista para 2017).

El régimen de comercio actual presenta dos desafíos clave para la región: (1) los altos costos asociados con la superposición de TLC dentro del primer grupo altamente vinculado, y (2) la falta de conectividad entre este grupo y el segundo. Como mencionamos anteriormente, los responsables de políticas de la región son muy conscientes de estos desafíos y se encuentran trabajando para desmantelar algunas de estas barreras. No obstante, si bien estas iniciativas son prometedoras y muy bienvenidas, distan mucho de constituir una estrategia integral que sirva para eliminar los obstáculos implícitos en la arquitectura del comercio actual de la región; y por otra parte, siguen estando altamente descentralizadas y diseminadas en las diversas subregiones y áreas temáticas, y esto hace que se desaprovechen las oportunidades de explotar las economías de escala y de alcance. Si reconocemos que nuestro hemisferio ofrece oportunidades para una mayor conectividad, el paso siguiente es naturalmente englobar a los países en un Acuerdo Transamericano (TAP), una iniciativa que podría canalizar los impulsores actuales de integración de la región, sin perder de vista las limitaciones relacionadas con la economía política. Este Acuerdo Transamericano que se propone estaría basado en dos factores clave: (a) la convergencia de los TLC existentes, y (b) la facilitación del comercio para conectar mejor a todos los países de las Américas, independientemente del estatus de sus TLC. Concretamente, no se trata de una propuesta para embarcar a la región en una nueva fase de acuerdos comerciales hechos y derechos destinados a conectar todos los “eslabones perdidos” o incluir las cuestiones que van más allá de las fronteras en la agenda. Esta propuesta debería verse, en cambio, como un primer paso necesario para ir hacia una integración más profunda que maximice los beneficios económicos de la arquitectura existente, construida con tanto esfuerzo. [4]

Cuadro. 1 Tratados de Libre Comercio suscriptos por Canadá y Estados Unidos con América Latina y el Caribe

Tratados de Libre Comercio
Nota: solo incluimos a los miembros latinoamericanos del TPP en esta lista. El TPP está pendiente de ratificación.

Convergencia de los TLC

Las políticas a llevar adelante en primer lugar consisten en promover la convergencia de las normas que rigen el comercio entre países vinculados por TLC, es decir, entre aquellos países que ya han suscripto, entre sí, TLC de nueva generación. Si bien la convergencia regulatoria abarca una serie de cuestiones, la prioridad debería ser lograr la armonización y la acumulación de normas de origen. Para entender el por qué, es importante analizar más detenidamente las normas de origen y su papel en los acuerdos comerciales.

La premisa de un TLC es reducir (o eliminar) los aranceles sobre las mercancías que se originan en los países signatarios del acuerdo. En consecuencia, todos los TLC incluyen criterios explícitos y precisos que definen qué bienes pueden ser considerados originarios de un país miembro y, por lo tanto, pueden recibir preferencias arancelarias. [5] Si bien son necesarias, estas normas de origen también implican altos costos para las empresas. En primer lugar, las normas de origen limitan las opciones de las que dispone una empresa para obtener sus insumos y materias primas en el exterior, socavando así la creación de cadenas de valor a nivel regional y global. En segundo lugar, las normas de origen generan importantes costos administrativos y de cumplimiento. No se trata de meros errores de redondeo: hay estudios que han demostrado que los costos de cumplimiento de las normas de origen pueden representar hasta un 10 por ciento del costo total de algunos productos. [6]

Cuando un país es signatario de varios acuerdos con diferentes regímenes de normas de origen, la complejidad y la carga administrativa que su cumplimiento conlleva aumentan exponencialmente y, en consecuencia, también aumentan los costos asociados. Además, la multiplicidad de normas de origen crea barreras al comercio, incluso entre los grupos de países que tienen TLC bilaterales de a pares, ya que limita el uso de insumos de cualquier tercer país. Esto es precisamente lo que está ocurriendo actualmente entre los países vinculados por TLC, en los que la existencia de múltiples normas de origen superpuestas impide el desarrollo de cadenas de suministro sólidas. Esto se debe a que, a pesar de la existencia de un TLC bilateral, las empresas se ven desalentadas a la hora de establecer la producción en un determinado país, debido a los requisitos impuestos por las normas de origen. El objetivo de un Acuerdo Transamericano es, por lo tanto, sustituir el mosaico de normas de origen existente entre estos países por un solo régimen de normas de origen que establezca la acumulación total, es decir, que les permita a las empresas de cualquier país utilizar materias primas de cualquiera de los otros países sin poner en riesgo el acceso preferencial que les ha sido otorgado. [7]

Un régimen unificado y coherente de normas de origen para estos países eliminaría un obstáculo significativo al comercio intrarregional y favorecería el surgimiento de cadenas de suministro, lo cual le permitiría a la región cosechar beneficios mucho mayores de sus TLC existentes.


Facilitación del comercio

El segundo conjunto de políticas requiere medidas ambiciosas de facilitación del comercio para aumentar la conectividad comercial hemisférica, en particular entre los países vinculados por TLC y los que no lo están. La facilitación del comercio comprende una amplia variedad de políticas y programas destinados a abordar los numerosos cuellos de botella logísticos que generan costos de transacción evitables y obstaculizan los flujos comerciales. A los fines del TAP, hay un subconjunto de iniciativas de facilitación del comercio que tienen un gran potencial y que apuntan a simplificar, modernizar y conectar las operaciones aduaneras de los países, que con frecuencia son el origen de importantes demoras para las empresas de ALC. Dichas intervenciones en infraestructura blanda deberían incluir la ampliación y conexión de las ventanillas únicas nacionales para el comercio exterior, los programas de OEA y otras iniciativas de gestión coordinada de fronteras, medidas que ya están en marcha en más de una docena de países de ALC.

El TAP se apoyaría en estos esfuerzos para mejorar las políticas y los procedimientos existentes y fomentar la coordinación entre las autoridades nacionales a fin de optimizar su impacto en el comercio regional. Por ejemplo, la cooperación puede permitir la interoperabilidad de los sistemas de ventanilla única, que permiten que las autoridades aduaneras intercambien y procesen información rápidamente por medio de la vinculación —tanto tecnológica como administrativa— de los sistemas de este tipo vigentes en la región. Asimismo, los países que cuentan con programas de OEA tienen el potencial necesario para lograr el reconocimiento mutuo de las certificaciones de las empresas participantes, lo cual les brindaría mejores oportunidades y mayores beneficios. Esos esfuerzos ya están en marcha a nivel subregional. Por ejemplo, la Alianza del Pacífico está implementando un programa de interoperabilidad para vincular los sistemas de ventanilla única de sus cuatro miembros y está estudiando la posibilidad de alcanzar acuerdos de reconocimiento mutuo de sus respectivos programas de OEA. Al mismo tiempo, América Central está avanzando hacia un programa ambicioso de gestión coordinada de fronteras para integrar sus sistemas aduaneros subregionales.

Aunque la facilitación del comercio no dé lugar a titulares rimbombantes, es de vital importancia en el contexto de los intercambios internacionales actuales. Las demoras que afectan el flujo de mercancías entre los países generan altos costos y socavan la competitividad de las empresas de la región en una economía mundial que exige entregas consistentes y que cumplan con las pautas de la metodología “justo a tiempo”. Un corpus importante de trabajo empírico reciente ha calculado los beneficios de las medidas de facilitación del comercio que buscan resolver esas demoras. Por ejemplo, un informe de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE) halló que la racionalización de los procedimientos comerciales tiene el potencial de reducir los costos de transacción en un 5,4 por ciento; [8] en igual sentido, un 1 por ciento de mejora en los procedimientos de exportación e importación de los socios comerciales —medida por el Índice de Facilitación del Comercio del Foro Económico Mundial que capta diversas dimensiones de las políticas de facilitación del comercio blandas y duras— puede estimular el comercio bilateral en un 4 por ciento. [9]
La evidencia recopilada en la región confirma estos resultados. En un estudio que será publicado próximamente, el Banco Interamericano de Desarrollo halló que las exportaciones uruguayas aumentarían alrededor de un 6 por ciento si todos los envíos sujetos a inspección física tardaran un solo día en pasar por la aduana. [10] Si tomamos conciencia de lo beneficiosas que pueden ser estas medidas, la facilitación del comercio se convertiría en una prioridad dentro del TAP.

Un rasgo central de la facilitación del comercio es su potencial para aumentar la conectividad entre las economías, independientemente de los tipos arancelarios o de la existencia (o ausencia) de un TLC. De este modo, constituye la mejor opción —y la más estratégica— para estrechar la conectividad entre los países vinculados por TLC y aquellos que no lo están, favoreciendo así un proceso de integración que abarque a la región en su conjunto. De hecho, se observan ya procesos de acercamiento político entre países y grupo sin una trayectoria de integración, con el objetivo de fomentar mayor conectividad. La Alianza del Pacífico y el MERCOSUR están actualmente estudiando de qué forma podrían promover la convergencia entre los dos bloques. La cooperación aduanera, la interoperabilidad de los sistemas nacionales de ventanilla única, el reconocimiento mutuo de los programas de OEA, y otros avances en materia de políticas de infraestructura blanda pueden indicar el camino a seguir. En el mismo sentido, los Estados Unidos firmaron un memorando de intención sobre facilitación del comercio con Brasil en 2015 y, más recientemente, con Argentina, durante la visita del presidente Obama en marzo de 2016. La facilitación del comercio ha demostrado ser una herramienta poderosa para profundizar la integración sin la necesidad de complejas negociaciones comerciales formales.

El atractivo del TAP reside en sus costos relativamente bajos, en el hecho de que es oportuno en este momento y en su capacidad para fortalecer la red comercial existente, apuntando a dos deficiencias fundamentales en la arquitectura de la integración actual. En vez de empezar desde cero, el TAP construiría sobre la base de la ardua labor llevada a cabo por los gobiernos de la región durante las dos últimas décadas. Cualquier liberalización ulterior que requiera negociaciones adicionales sería menor. Incluso, a diferencia de otras opciones alternativas al TAP, este no depende de la conclusión de las negociaciones en marcha. Algunos observadores sostienen que la mejor estrategia para los países de ALC es sumarse a otros megaacuerdos regionales ya existentes, como el TPP. Sin embargo, esta postura implica que los países tendrían que esperar a que concluyan las negociaciones y se ratifiquen los acuerdos y, por ende, quedarían excluidos de los beneficios en el futuro cercano. Por último, el TAP proporcionaría un mecanismo para ampliar y mejorar las cadenas de suministro intrarregionales, y así favorecería la creación de lazos regionales mucho más extensos que los que se lograrían si apenas un puñado de países de ALC se sumaran al TPP.

III. Consideraciones finales: Aprender del pasado, apalancar el presente y mirar hacia el futuro

Los países de las Américas han avanzado a pasos agigantados en la apertura de sus mercados y la integración a la economía mundial. Muchos de estos avances han llegado a través de TLC con socios intrarregionales. Como resultado de este progreso, la región ha visto surgir nuevos impulsores de la integración que reflejan las tendencias que se vienen dando a nivel global. En respuesta a esto, y a pesar de sus diferentes perfiles económicos y políticos, los distintos gobiernos a lo largo y a lo ancho de las Américas han empezado a aplicar políticas para enfrentar la persistencia de serios obstáculos a la integración, a través de la convergencia y de medidas de facilitación del comercio. Aún más importante es el hecho de que el sector privado se esté convirtiendo en un jugador fundamental en este proceso mediante el empleo de mecanismos innovadores para coordinar sus actividades a nivel regional. [11]

Si nuestros países ya están avanzando en una agenda tan importante, ¿por qué necesitamos un acuerdo que involucre a toda la región? ¿Cuál es el valor agregado del TAP respecto de las iniciativas unilaterales y subregionales ya existentes? Los más escépticos podrían preocuparse por el hecho de que tratar de forjar acuerdos regionales más amplios puede resultar contraproducente y entorpecer el rápido progreso de subgrupos con ideas afines como la Alianza del Pacífico. Estamos totalmente en desacuerdo con esta idea. Como mínimo, el TAP proporcionaría una plataforma para ampliar y coordinar los esfuerzos subregionales existentes mediante la incorporación de nuevos socios y asegurando el mayor impacto posible en toda la región de las políticas que se apliquen. Estas ventajas adquieren especial relevancia en el área de la facilitación del comercio, en la cual existe un potencial enorme para conectar los diferentes proyectos en marcha a lo largo y a lo ancho de la región. Con respecto a la convergencia entre los distintos TLC con disposiciones superpuestas, hemos visto que las normas de origen contempladas por los mismos ya comparten similitudes clave que hacen que la construcción de un régimen unificado de normas de origen entre los países vinculados por TLC constituya un objetivo perfectamente alcanzable. En síntesis, creemos que cualquier costo de transacción derivado de nuevas negociaciones sobre normas de origen es menor si se lo compara con el impacto que un conjunto unificado de normas tendría sobre el comercio intrarregional y las cadenas de suministro.

Desde un punto de vista más político y estratégico, es importante establecer vínculos

entre todos los países de la región a fin de asegurar que los proyectos subregionales en ciernes no encorseten a estos grupos en sistemas aislados, a expensas de una arquitectura regional más funcional. Una estrategia regional coherente, que procure explícitamente tanto profundizar la integración entre los países vinculados por TLC, como maximizar la conectividad con aquellos no vinculados por TLC, es la mejor manera de canalizar el impulso de las distintas iniciativas subregionales hacia objetivos regionales comunes. Esta agenda compartida no es ideológica, sino muy pragmática, ya que aprovecha los avances significativos producidos a lo largo de los últimos veinte años y los canaliza hacia un sistema más coherente que promueve el desarrollo de cadenas regionales de valor modernas y sofisticadas, reduciendo al mismo tiempo la incertidumbre y los costos asociados al comercio. Muchos de los países de la región son pequeños individualmente, pero como miembros de una economía hemisférica más amplia y más integrada pueden atraer inversiones y participar en las cadenas globales de suministro, y así cosechar los beneficios del éxito del hemisferio en su conjunto.

 

Dado que esta propuesta supone la vinculación de las economías de América del Norte y de América Latina y el Caribe, naturalmente evocará recuerdos de la fallida Área de Libre Comercio de las Américas (ALCA). Por ende, los pesimistas pueden considerar al TAP prima facie igualmente problemático. Tal pesimismo, sin embargo, sería erróneo. El TAP representa un enfoque mucho más pragmático para impulsar el comercio y la inversión en las Américas; se trata de una iniciativa viable que está en sintonía con las realidades políticas y las necesidades económicas de la región y también con un nuevo contexto mundial emergente de acuerdos comerciales de gran envergadura y escala continental. El ALCA fracasó, al menos en parte, porque intentó imponer una única visión de la integración —con un fuerte trasfondo ideológico— en una región económica, política y socialmente diversa. Por el contrario, la idea de un TAP puede tener éxito precisamente porque reconoce la diversidad dentro de las Américas e identifica políticas de integración pragmáticas pero de crucial importancia y adaptadas a los desafíos específicos que enfrenta la región. Si se lo adoptara, este Acuerdo Transamericano se convertirá en un trampolín para alcanzar formas de integración más profundas en el futuro. Involucraría a 981 millones de consumidores y un PIB combinado de más de US$25 billones (37 por ciento mayor que el de la UE y más del doble que el de China). Más que un esfuerzo quijotesco por forjar una visión regional común, el TAP es un “plan de negocios” realista para el comercio de las Américas: un plan que se ocupa de las barreras más importantes para la integración regional y que puede acarrear beneficios económicos considerables.

 

Referencias

Estevadeordal, Antoni y Kati Suominen. 2009. “Bridging Regional Trade Agreements in the Americas,” Washington: Banco Interamericano de Desarrollo.

Hanouz, Margareta Drzeniek, Thierry Geiger y Sean Doherty. 2014. “The Global Enabling Trade Report 2014.” Ginebra: Foro Económico Mundial.

Banco Interamericano de Desarrollo – Diálogo Empresarial de las Américas. 2015. Del diálogo a la acción: Recomendaciones de políticas y propuestas de alianzas público-privadas. http://www.americasbd.org

Ricardo Lagos. 2016. ¿Y si Europa nos lleva a nuestra integración? Clarín. http://www.ricardolagos.org/2016/01/04/y-si-europa-nos-lleva-a-nuestra-integracion-columna-clarin/.

Lawrence, Robert Z., Margareta Drzeniek Hanouz y Sean Doherty. 2012. “Global Enabling Trade Report 2012: Reducing Supply Chain Barriers.” Ginebra: Foro Económico Mundial.

Moise, Evdokia, Thomas Orliac y Peter Minor. 2011. “Trade Facilitation Indicators: the Impact on Trade Costs.” París: Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico.

Talvi, Ernesto. 2014. “Un nuevo Acuerdo Trans-Americano” Washington: Brookings.
https://www.project-syndicate.org/commentary/ernesto-talvi-calls-for-renewed-cooperation–beginning-with-trade–between-north-and-south-america?version=spanish.

Volpe, Christian. 2016 (de próxima publicación). “Out of the Border Labyrinth: an Assessment of Trade Facilitation Initiatives in Latin America and the Caribbean.” Washington: Banco Interamericano de Desarrollo.