La Voz

La moda del balotaje

El balotaje está de moda en América Latina: de las siete elecciones presidenciales previstas para este año, la segunda vuelta está reglamentada en seis de los siete países (la única excepción es Panamá).

El pasado 6 de abril, Costa Rica celebró un balotaje inédito: el candidato oficialista renunció a hacer campaña durante la segunda ronda y sufrió una aplastante derrota. En El Salvador, la segunda vuelta del pasado 9 de marzo fue infartante: la diferencia entre el primer y segundo lugar fue únicamente de 0.22 por ciento, lo cual provocó una crisis electoral  (ARENA denunció fraude y se negó a aceptar los resultados) que se superó felizmente con el paso de los días.

Casi con seguridad (salvo que haya sorpresa), los resultados de las elecciones presidenciales colombianas del próximo 25 de mayo determinarán la necesidad de celebrar una segunda vuelta para definir si el presidente Santos logra su reelección o habrá un nuevo mandatario. Asimismo, es muy probable que haya balotaje en alguna(s) de las elecciones presidenciales de fin de año: Bolivia (poco probable), Brasil (aún sin un pronóstico claro) y Uruguay (bastante probable).

Origen y modalidades

El balotaje es una institución del derecho constitucional francés, reglamentado por vez primera en 1852 y recuperado de manera definitiva por la Constitución de la V República. Una particularidad (de las varias que existen) de la reglamentación del balotaje en nuestra región es que, a diferencia del modelo francés (en que se utiliza para elegir tanto al Presidente como a los representantes en la Asamblea), en América Latina (salvo en Haití) se lo utiliza únicamente para elegir al titular del Poder Ejecutivo.

La segunda vuelta constituye una de las reformas electorales más comunes en América Latina durante la Tercera Ola Democrática. La tendencia regional predominante para la elección del titular del Poder Ejecutivo fue sustituir el sistema de mayoría relativa con el balotaje o segunda vuelta.

Como consecuencia, hoy en día, 12 de los 18 países (además de Haití, cuyo caso no examinaremos en este artículo) reglamentan el balotaje en diversas modalidades. En ocho de los 12 casos, la mayoría que se exige es de 50 por ciento más uno de los votos. Costa Rica exige un porcentaje inferior: 40 por ciento de los votos más uno. En Argentina: 45 por ciento más uno, o bien 40 por ciento con una diferencia de más de 10 puntos. En Ecuador y Bolivia: 50 por ciento más uno, o bien 40 por ciento con una diferencia de más de 10 puntos.

Sólo México, Honduras, Panamá, Paraguay y Venezuela no la contemplan y, desde inicios de 2014, tampoco Nicaragua que acaba de regresar al sistema de mayoría relativa.

Virtudes y debilidades

Los defensores del balotaje argumentan que el sistema tiene dos objetivos principales: 1) garantizar una alta legitimidad de origen del Presidente electo, y 2) fortalecer la gobernabilidad democrática, al promover la formación de coaliciones electorales entre la primera y la segunda vuelta, las cuales podrían transformarse más adelante en coaliciones de gobierno.

Para sus detractores, en cambio, el balotaje difícilmente cumple con estas supuestas virtudes. Señalan que la elevada legitimidad de origen del Presidente puede ser artificial e inestable. Argumentan que genera menores incentivos para el voto estratégico en la primera vuelta, lo cual favorece el incremento del número de partidos. Advierten, asimismo, acerca de la posibilidad de que, indirectamente, promueva problemas de gobernabilidad en lugar de resolverlos ya que, no obstante, las elecciones legislativas y presidenciales son técnicamente simultáneas; las primeras se definen en la primera ronda, lo que genera el riesgo de que el Presidente electo en la segunda vuelta carezca del respaldo legislativo mayoritario.

Un claro ejemplo de este problema es la actual configuración de la Asamblea Legislativa en Costa Rica, caracterizada por un elevado nivel de fragmentación, donde el partido (PAC) del Presidente recientemente electo, Luis Guillermo Solís (elegido por una de las mayorías más amplias de la historia electoral latinoamericana reciente (77.8 por ciento a 22.2 por ciento) cuenta con sólo 13 de los 57 diputados.

Reversión de resultado y participación electoral

El análisis comparado, que hemos hecho de más de 130 elecciones presidenciales latinoamericanas posteriores a 1978, demuestra que la realización de una segunda vuelta no altera el resultado inicial en aquellos casos en que el ganador de la primera ronda es considerado “el mal menor” por una mayoría de los votantes, aunque no resulte el candidato favorito de todos. Esta regla se cumplió en las dos ocasiones en que Costa Rica debió ir a una segunda vuelta.

Por el contrario, la reconversión de resultado (RR, en adelante) tiene lugar cuando una mayoría del electorado comparte un “consenso negativo” en contra del candidato ganador en la primera vuelta y vota en la segunda ronda a favor del candidato que, en la primera, se posicionó en segundo lugar.

En estos casos, solamente una segunda vuelta permite al electorado articular una nueva mayoría y prevenir el ascenso a la Presidencia de un candidato altamente impopular que haya resultado triunfador en la primera vuelta.

De las más de 130 elecciones presidenciales que tuvieron lugar entre 1978 y abril de 2014, 76 se celebraron bajo el principio de doble vuelta. En 40 elecciones de estos 76 casos hubo necesidad de ir a una segunda vuelta. Y en 30 de estas 40 elecciones triunfó, en la segunda vuelta, quien había ganado en la primera. Sólo en nueve de estas 40 elecciones, hubo RR, y en un caso (elecciones argentinas de 2003) quien quedó en primer lugar, el ex presidente Carlos Menen, no se presentó a la segunda vuelta, y Néstor Kirchner fue designado Presidente para el periodo 2003-2007.

Como podemos observar, la RR es poco probable pero no imposible, habiendo tenido lugar una vez en Guatemala (1991), Republica Dominicana (1996), Colombia (1998) y Uruguay (1999); dos veces en Perú (1990 y 2006) y tres veces en Ecuador (1984, 1996 y 2006).

Con respecto a la participación electoral, la tendencia regional es que aquélla disminuye en las segundas vueltas. De las 40 elecciones con balotaje, la participación bajó en 23 casos y aumentó en 15 (para las elecciones de 1984 en El Salvador no hay datos disponibles de la participación electoral y en Argentina en 2003 no se llegó a realizar la segunda ronda). En los dos balotajes costarricenses, la participación electoral entre la 1 y la 2 vuelta disminuyó en ambos casos: en el 2002 bajó del 68.8 por ciento al 60.2 por ciento, y en el 2014 decreció del 68.2 por ciento al 56.6 por ciento.

Mi opinión

Costa Rica fue pionera en introducir el balotaje en América Latina, pero con características especiales: uno de los porcentajes más bajos (40 por ciento más uno); uno de los plazos más largos entre la primera y segunda vuelta, y la prohibición de renunciar y de abstenerse de participar en la segunda vuelta con todas las incertidumbres y consecuencias que ello acarrea. Pese a su temprana inclusión (1949), el balotaje sólo se ha utilizado en dos ocasiones (2002 y 2014). Lo anterior aconseja, desde mi punto de vista, la necesidad de examinar esta institución con el objetivo de evaluar la conveniencia de su mantenimiento en los términos actuales o (como sería mi preferencia) de su reforma para adecuarla a las nuevas realidades políticas del país.

Este artículo fue publicado inicialmente por La Voz.