La década del 2010: la fugaz oportunidad de América Latina

Es reconfortante escuchar a tantos comentaristas coincidir en que la década del 2010 será la década de América Latina. Para América Latina, la Recesión Global fue una pequeña piedra en el camino que afectó los índices de crecimiento durante sólo unos cuantos trimestres. Varios países en la región están creciendo actualmente con índices al estilo de China. Pero los países no serán capaces de sostener índices anuales de crecimiento del PBI por encima del 5% por mucho tiempo. El desafío real de la década radica en el levantamiento de las restricciones sobre el crecimiento de la producción potencial.

Existe una muy buena razón para ser optimistas. Gran parte del reciente desempeño en la región refleja la adopción del nuevo paradigma. A excepción quizás de Venezuela, los gobiernos de América Latina, de todos los sectores del espectro político, han adoptado lo que podría llamarse el “Consenso Latinoamericano.” Sus pilares básicos son la estabilidad macroeconómica y la redistribución efectiva.

La estabilidad macroeconómica es ahora una política imperativa. Los políticos comprenden que mantener la inflación en niveles bajos es bueno no sólo para la economía sino también para sus propios intereses electorales. La sostenibilidad de la deuda pública también es parte del consenso. El populismo fiscal ya no es recompensando, al menos en los países que están más integrados con la economía global. El cambio interesante aquí también es político. Debido principalmente a los devastadores efectos de la crisis de fines de los años 90, existía disposición por parte de los políticos para aceptar reglas que limitaran las opciones fiscales. Ofrecer superávit fiscal primario es ahora un resultado viable para los gobiernos. Este no era el caso hace aproximadamente una década.

El segundo pilar es una agenda renovada en cuanto a políticas sociales y reducción de la desigualdad. Los llamados a la redistribución siempre han sido parte de la retórica de los gobiernos en América Latina. La diferencia esta vez es que la democracia está funcionando: los políticos necesitan reducir la pobreza y expandir la clase media para tener éxito. Dado el nuevo objetivo, en la actualidad existe un saludable debate tecnocrático, no acerca de si la redistribución es buena o mala, sino acerca de si las políticas y programas son más efectivos para lograrla. Las evaluaciones de impacto de los programas sociales son ahora frecuentes y han contribuido a mejorar la forma en que las intervenciones sociales son diseñadas e implementadas.

Si se preserva este marco político, existen buenos argumentos para esperar que la década del 2010 sea una década de transformación, no sólo en términos de crecimiento del ingreso per capita, sino también en términos de la reducción de la pobreza y la inequidad. Evidentemente, el círculo virtuoso de crecimiento y equidad tendrá ramificaciones importantes en las instituciones, con democracias más sólidas como ingrediente clave. Esto también es parte del nuevo paradigma.

Pero este no es un momento para celebrar. El nuevo paradigma está aquí, pero todavía es vulnerable. El marco político básico necesita consolidarse aún más. La sostenibilidad fiscal todavía está en proceso de consolidación en la mayoría de los países. La deuda pública es excesivamente alta, las políticas fiscales todavía son demasiado procíclicas, y lo que es aún peor, muy pocos países recaudan suficientes impuestos. En cuanto a políticas sociales, las intervenciones exitosas son más la excepción que la regla. Lo que los gobiernos han hecho hasta ahora es crear nuevos (y mejores) programas, como las transferencias condicionales de dinero en efectivo, sin embargo no han eliminado los programas viejos e inefectivos.

Pero el principal motivo de preocupación es externa. Para ser justos, no todo el progreso en los recientes resultados económicos y sociales es local. Durante los últimos años, la región se ha beneficiado de un excelente viento de cola. Llegar a un consenso acerca de la necesidad de ser responsables en políticas macroeconómicas y sociales es más fácil cuando las condiciones externas son favorables. La la verdadera prueba está aún por venir.

En otras palabras, la región necesita asegurarse de que el nuevo paradigma dependa menos de las buenas noticias provenientes de China.
Actualmente, China está alimentando el crecimiento económico de América Latina a través de tres canales principales: mejores términos de intercambio, expansión de los volúmenes de exportación de artículos primarios y acceso a capital global a bajo costo. En los tres frentes existen motivos de preocupación.

Según la experiencia histórica de otros países, es probable que la demanda china de bienes de consumo no continúe creciendo a los niveles que ha mostrado en el pasado. La evidencia histórica sugiere que la intensidad en el uso de bienes primarios cae con el nivel de ingreso y el grado de urbanización. Si esta evidencia sirve de guía, América Latina necesita abordar rápidamente las consecuencias futuras de la desaceleración de la demanda de sus recursos naturales, precisamente cuando la región está apostando fuertemente a la expansión de estos sectores.

Una fuente más importante de preocupación tiene que ver con el bajo nivel de ahorro interno. Los ahorros de China actualmente le están brindando a América Latina la oportunidad de sostener altas tasas de inversión. Pero aquí también existe evidencia que sugiere que esto puede cambiar. China tiene una población que envejece y que pronto comenzará a retirar gran parte de los ahorros acumulados una vez los trabajadores comiencen a retirarse. Asimismo, mientras el gobierno chino se prepara para implementar programas públicos que favorecen la atención médica y las pensiones, es probable que los hogares chinos tengan menos razones para mantener sus altos índices de ahorro. La tendencia histórica de Japón y Corea del Sur muestra que a medida que sus economías se enriquecían, el ahorro familiar comenzaba a declinar progresivamente.

América Latina podrá aprovechar esta oportunidad única reconociendo primero que las actuales condiciones externas favorables son transitorias. La región debe aprovechar la actual disponibilidad de recursos buscando formas de invertir en áreas con grandes dividendos y capacidad de sostener el crecimiento económico en el futuro. No existen soluciones mágicas, pero la educación, la infraestructura y la innovación son temas prioritarios.

La educación tiene el doble dividendo de reducir la desigualdad a la vez que aumenta la eficiencia económica. La evaluación PISA 2009 de la OCDE sobre la calidad de la educación en el mundo indica que ninguno de los países latinoamericanos encuestados se encuentra en el promedio mundial o por encima de este en lectura, matemáticas o ciencias, y la mayoría está considerablemente por debajo del promedio. La reducción de las brechas poblacionale en materia de matriculación, especialmente en educación secundaria y terciaria y el mejoramiento de la calidad para todo el alumnado deben ser temas prioritarios.

La década del 2010 puede ser la década del crecimiento y la transformación de América Latina si la región es capaz de aprovechar esta oportunidad única y efímera que se le presenta. No hay tiempo para complacencias. Lo que los gobiernos deben hacer es prepararse para la próxima etapa, donde la expansión del mercado interno y fuerzas endógenas necesitarán jugar un rol si se quiere sostener el impulso del crecimiento.